Poema
Cada día que me das,
Te vuelve a doler lo vivido en mi.
Te veo sufrir en mis recuerdos,
empapados de ayer,
fotografías mojadas por el llanto,
sueños rotos que vuelven a mirarme
como si nunca se hubieran ido.
Todo lo que escribo
no nace de la mente,
nace del alma.
Es lo que veo en lo espiritual,
lo que nadie ve
cuando cierro los ojos.
Veo mi alma
como una mansión antigua,
oscura,
con poca luz entrando por ventanas cansadas.
Una casa de 1880,
media rota,
llena de silencio
y de historia que pesa.
Creo que esa casa
soy yo por dentro.
Me veo vestida de blanco,
corriendo,
buscándote dentro de mi propia alma.
Abro habitación tras habitación,
muchas, demasiadas,
todas llenas de ecos.
Corro con lágrimas en los ojos,
llamándote sin voz.
Hasta que llego a una habitación
donde entra un hilo de luz,
débil,
pero vivo.
En el suelo veo una cinta rota,
corrida,
partida en pedazos.
Me arrodillo,
intento repararla con desesperación,
pegar cada fragmento
como si así pudiera arreglarlo todo.
Peleo con mis manos temblando,
pero no se pega.
No importa cuánto lo intente,
la herida no obedece,
el pasado no vuelve a unirse.
Y allí me quedo,
en el suelo de mi alma,
con la cinta rota entre los dedos,
entendiendo en silencio
que algunas cosas
no se reparan…
solo se lloran
hasta que la luz
se atreva a entrar un poco más.
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